miércoles, 26 de agosto de 2009

Leyendas Zona central

Como por lo general estas historias han sido transmitidas en forma oral, la versión original se ha ido modificando a través del tiempo, pero siempre sigue representando las vivencias propias de un lugar.
Muchas son las versiones que se han tejido en torno a la fantástica historia de la calchona. Mientras algunas personas se refieren a ella como una mujer fea y malévola que ataca a los jinetes, otras dicen que, tomando forma de animal, ataca a los hombres desobedientes e infieles. Existe, además, la versión de la mujer que por las noches se transforma en diferentes animales. Aquí te presentamos una de ellas: cuenta la historia de un matrimonio que vivía sin problemas en el campo, junto a sus dos hijos. Sin embargo, la familia no sabía que la mujer era bruja y que en su hogar escondía varios frascos con unas cremas que, al aplicarlas sobre su cuerpo, le permitían transformarse en el animal que ella eligiese. Todas las noches realizaba el rito de colocarse los ungüentos y salir a pasear por los campos. En la mañana regresaba, se aplicaba sus cremas y volvía a recobrar la forma de madre.
Así pasó el tiempo, hasta que un día sus hijos la vieron, e imitando a su mamá se pusieron las cremas, transformándose en múltiples animales. Pero cuando quisieron volver a ser niños, no supieron cómo, y convertidos en animalitos se pusieron a llorar. El padre despertó con los sollozos de los hijos, pero su sorpresa fue enorme, pues en lugar de verlos a ellos encontró solamente pequeños animales. Con inteligencia, logró encontrar el frasco con la pócima indicada y consiguió que los niños se transformaran nuevamente en niños; pero para evitar que les volviera a ocurrir lo mismo, tomó las cremas y las botó en las aguas de un río.
La madre, convertida en oveja negra, regresó a su casa, comenzó a buscar sus cremas por todos lados, y como no pudo encontrarlas, quedó para siempre convertida en ese animal. Por eso, cuando se siente balar una oveja negra que vaga de noche sola por los campos, los campesinos saben que se trata de la calchona. Todos acostumbran dejarle un plato de comida para que se alimente, ya que es totalmente inofensiva.
Otros personajes que -se dice- aparecen en la zona central de Chile son la cuca, el chonchón y el pihuchén.
De la leyenda de la cuca se conocen tres versiones: la cuca negra, la cuca blanca y la cuca cordillerana. La primera es un ave que vuela de noche. Cuando lo hace en las noches de luna, si su sombra toca a una persona, esta muere antes de cumplirse un año. Su grito se asemeja al rebuzno de la mula. Si lo lanza sobre una casa, al poco tiempo muere uno de los moradores de ella.
La cuca blanca es un ave benéfica que ayuda a las personas que andan extraviadas a encontrar el camino. Cuando canta, dice: ¡cuca! ¡cuca!
La cuca cordillerana habita cerca de los Andes y es un ser mitad mujer, mitad vaca que siempre anda con la cabeza tapada. Entra en las casas, saca a las personas mientras duermen y las deja en un sitio distante sin causarles ningún daño.
El chonchón se presenta como una cabeza humana, de la que nacen unas enormes orejas que usa a modo de alas para volar. Su presencia es delatada por su fatídico grito de tué, tué, que indica que una persona va a morir. Revolotea alrededor de la habitación de los enfermos, lucha con el espíritu de estos, y, si los vence, chupa la sangre de los pacientes.
Se considera a los chonchones como brujos que tienen el secreto para volar. Esto lo hacen untándose unas cremas en la garganta, con lo que logran que salga a volar solo la cabeza, diciendo: Sin Dios ni Santa María. El cuerpo permanece en la casa.
Para ahuyentarlos se reza la siguiente oración: San Cipriano va para arriba, San Cipriano va para abajo, sosteniendo una vela del buen morir. Con estas palabras el chonchón cae al suelo. También se le echa sal al fuego de la cocina y se dice: Pasa, chonchón, tu camino, o vuelve mañana por sal. Al día siguiente se presentará alguien a pedir sal y no hay que negársela.
El pihuchén (voz mapuche que significa secar a la gente), es un personaje cuya existencia se registra más allá de la zona central, pues también aparece en Coquimbo, La Araucanía y Chiloé.
Se trata de un culebrón verdoso, de alrededor de medio metro de largo, que vive en el corazón de los árboles huecos. Chupa la sangre de las ovejas o de los cristianos desde lejos.
Su presencia se reconoce por las huellas de sangre que deja.
En algunos campos, a los rebaños de ovejas se les ponen seis o más cabros, pues la sangre de estos animales es muy fuerte y ahuyenta a los pihuchenes.
Para matarlo, se cubre el árbol en que está escondido con una tela fuerte, para que no pueda huir, y en seguida se prende fuego al árbol.
La Laguna del Inca
Escondida en las alturas de la Cordillera de los Andes, en Portillo, se encuentra una hermosa laguna que hoy se conoce como Laguna del Inca. Algunas personas aseguran que sus tranquilas aguas color esmeralda se deben a una romántica historia de amor.
Antes que los españoles llegaran a estas tierras, los incas habían extendido sus dominios hasta las riberas del río Maule, y como se consideraban hijos del Sol, las cumbres andinas eran el escenario ideal para realizar sus rituales y ceremonias religiosas.
Según cuenta la leyenda, el inca Illi Yupanqui estaba enamorado de la princesa Kora-llé, la mujer más hermosa del imperio. Decidieron casarse y escogieron como lugar de la boda una cumbre ubicada a orillas de una clara laguna. Cuando la ceremonia nupcial concluyó, Kora-llé debía cumplir con el último rito, que consistía en descender por la ladera del escarpado cerro, ataviada con su traje y joyas, seguida por su séquito. Pero el camino era estrecho, cubierto de piedras resbalosas y bordeado por profundos precipicios. Fue así como la princesa, mientras cumplía con la tradición, cayó al vacío.
Illi Yupanqui, al escuchar los gritos, se echó a correr, pero cuando llegó al lado de la princesa, ella estaba muerta. Angustiado y lleno de tristeza, el príncipe decidió que Kora-llé merecía un sepulcro único, por lo que hizo que el cuerpo de la princesa fuera depositado en las profundidades de la laguna.
Cuando Kora-llé llegó a las profundidades envuelta en blancos linos, el agua mágicamente tomó un color esmeralda, el mismo de los ojos de la princesa. Se dice que desde ese día la Laguna del Inca está encantada. Incluso hay quienes aseguran que en ciertas noches de plenilunio el alma de Illi Yupanqui vaga por la quieta superficie de la laguna emitiendo tristes lamentos.

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